miércoles, 22 de octubre de 2014

Ahora si


Ya han pasado ocho largos meses desde la operación y en todo este tiempo no he sufrido ninguna taquicardia. Lo cual bien podría compararse a una lotería, un salto en paracaídas o conocer a Norman Reedus (bueno esto último sólo quería pensarlo).

Ahora me apetece probar mi cuerpo al máximo. Es cuestión de tiempo, escalar mucho y regar cada día la motivación con cualquier excusa. Lo conseguiré (yo, tú, y todo aquel que se lo proponga). 

A pesar de todas mis expectativas en el  "post" arreglo de esta cosa que se mueve en el pecho, cuando me dijeron que estaba bien mi reacción fue bien distinta a la que creí que sería.

Tuve que pararme a respirar y pasar por tres etapas inevitables, necesarias y en cierto modo bonitas (esto último muy en cierto modo). 


1 ) Conoce tu cuerpo otra vez. Desde cero.

2 ) Adáptate.

3) Confía.

Hasta para estar bien da una la lata!

 Tiempo y  paciencia y... Ahora si!

Noto que NO vuelo a la primera de cambio o cuando debo apretar más de lo que me resulta cómodo (¿cómodo? no sé a quién quiero engañar, escalar es de todo menos cómodo), o si el paso no es del estilo que se me da bien...


Pero repito. Ahora si.

La motivación está volviendo a sus niveles normales, es decir, peligrosamente altos, que es como deben estar.

Disfruto de cada apretón, de cada regleta dolorosa, de cada herida.

De la compañía y de lo que está por venir, que suena maravillosamente bien!



     Foto By Ramontet

                      Foto by el traidor de Héctor.

                                Foto: By Ramonet

Gracias a todos los que habéis estado a mi lado, me acuerdo tanto de todos y cada uno de vosotros que os asustaría!
Nos vemos en las paredes, en las sendas o donde tengamos que vernos.
Gracias a Héctor, porque cada día tengo risas aseguradas y motivos para luchar.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Lo mío no es resucitar

Es más que evidente que sufro depresión post-vacacional.

Y es que este no ha sido un verano normal en ningún aspecto. Y no. 
No hablo del tiempo.
Tener demasiadas expectativas puestas en ese periodo estival es lo que tiene, que como el resultado no sea el deseado o no se parezca, el Harakiri es una de las opciones que acabas barajando.

Lo que en un principio fue:

- Buah! Un mes entero escalando. Tacho los proyectos que dejé el año pasado y pruebo cosas un poco  más duras. Y al volver, buah, al volver ya estaré fuerte para tirarle a esa vía a la que le tengo tantas ganas.

Acabo siendo un:

-¿Qué no nos iremos a casa?



Todo empezó con dos días engañosos. 
Dos días en los que todo iba de maravilla. 
Hasta el tercer día.

No, yo no resucité el tercer día.

 Preferí hacerme una contractura que me impidió durante 3 días girar la cabeza hacia la izquierda y a duras penas mirar hacia arriba.

Y no, tampoco fue escalando.
 Fue en el coche, de copiloto al intentar agarrarme fuerte a un volante inexistente y pisar un freno invisible cuando bajábamos por una pista embarrada y patinamos cual parejita de pingüinos en el hielo.
Ridículo, lo sé. 
Es lo que tiene la amaxofobia o lo que sea esto.

Más tarde, cuando parecía que aquello remitía, la muela del juicio despertó y me tuvo 4 días en cama  y 10 con antibióticos.
Me quedé como un Tyrannosaurus rex, con mucha pierna y poco brazo.

Cuando pude ponerme un arnés al fin, me entró el miedo a volar, y tardé  dos días en quitármelo a base de tirarme, temblar, soltar alguna lagrimita y algo más.

Y al tercer día...
No.Tampoco. 
Lo mio no es resucitar
Llegaron las obras, el ansia y el no poder dejar las cosas a mitad.



Aún así quedaban casi dos semanas (la ilusión es lo último que se pierde).

No era lo planeado pero hace un par de años ya me hubiera dado yo con un canto en los dientes por tener esas vacaciones.
En dos semanas aún podía comerme el mundo.

Y entonces llegó ella.
La tormenta, la inundación, la lluvia en el sótano, la piscina del baño, las alcantarillas...esas cosas flotando...



Creo que fue para entonces cuando sucedió lo de la posesión.
Y mira que yo no creo en esas cosas, pero era más que evidente que algo se había apoderado de mi, agotando mi paciencia.

PULGAS!

Infestación de pulgas en gatos. perros, personas y casa.
Esto último sumado a las obras y el olor a heces propias y vecinales durante días tiene como resultado la ira.





Los dos últimos días pude apretar un poco en plena ola de calor, que resulta más que evidente que no nos sirve como excusa teniendo en cuenta el mega encadene de Mar Álvarez en pleno agosto.
Así que si digo que hacía demasiado calor...
Voy a tener que ir inventándome alguna otra.


viernes, 20 de junio de 2014

La "despensa"


Hace ya quince años que dejé aquel internado alejado de todo.

Un internado en el que los llantos de las niñas, provocados por  los continuos azotes de Sor Angélica, que no había conocido varón pero que miraba con deseo al cura Don Pío, quedaban ahogados por los kilómetros de bosque  que nos mantenían apartadas de una sociedad que se venía abajo, sin que ninguna de nosotras sospechase nada.

Los padres, convencidos de que aquella educación era la mejor para cada una de nosotras, disimulaban con sonrisas y regalos, cada vez más humildes, cuando venían de visita el primer Domingo de cada mes.

Algunos padres  dejaron de venir con el tiempo.
Las  madres solitarias, que cada vez eran más,  inventaban excusas de todo tipo con tal de no preocupar a sus hijas.

A mi nunca vino a verme nadie.

La herencia de una tía muerta, que ni siquiera conocí, era lo que hacía que yo pudiera estar en aquel internado católico, que ya se me antojaba como mi casa.

Mis padres habían muerto cuando tenía 9 años.
No los echaba de menos.

Ni el olor a alcohol, ni las palizas, ni los continuos amantes de mi madre que paseaban por mi casa desnudos con una botella de whisky en la mano.
No les  importaba que una niña estuviera observando escondida en una cortina que apenas le tapaba hasta la cintura, ni que fuera testigo de lo zorra que era su madre. En ocasiones había más de un hombre. Ninguno era mi padre.


No sé cómo murieron mis progenitores.
Nadie me lo dijo nunca.
Seguramente mi padre llegaría de viaje por sorpresa y se tomó la justicia por su mano, poniéndose después en la boca aquel viejo revolver que guardaba en casa y haciendo estallar su pequeño cerebro en pedazos, que con un poco de suerte adornaría aquellas horribles paredes llenas de humedades.

El rojo era una buena combinación para aquel espantoso papel gris.
Le daría alegría.
Aquella alegría que nunca hubo en mi hogar.

Así que el internado era sin duda mi mejor opción. Y aunque nadie viniera a verme no me importaba. Al menos no venían  mintiendo, llorando,  de luto diciendo que después tenían un entierro de un tío lejano en el pueblo. Nadie me vendía falsas esperanzas.

Por lo que me dediqué a observar y a escribir todo lo que veía.
Me acostumbré a estar sola e incluso me convencí de que era toda una suerte visto lo visto.

De manera que tampoco me costó mucho marcharme a Tiqüe.

Con lo que sobró de la herencia de mi tía, o con lo que las monjas me dijeron que sobró, me compré un pasaje para aquel barco que sólo me regaló vómitos y olor a pescado.
Un largo periplo de 34 días que me dejó en un puerto mediocre, al otro lado del mundo, con una maleta de mano y todo el tiempo del mundo.

No tardé mucho en aprender aquel idioma que a veces se me antojaba gracioso.

En un par de días conseguí trabajo limpiando un hospital medio derruido y sirviendo la comida a los excasos doctores que venían un par de semanas al año.
Pocos se quedaban más tiempo.

Pronto mis tareas cambiaron y dejé la fregona para ayudar a los médicos que se veían desbordados por la situación.


La mayoría de los preparados los sacábamos de las plantas de la selva.
A veces no sabíamos ni lo que mezclábamos, hojas y más hojas, machacadas, disueltas en agua y que colocadas en una triste gasa, mitigaban un poco el dolor.

Hacíamos lo imposible por curar algo que ya estaba más que muerto.

Cuando estalló la guerra civil, yo ya llevaba cinco años comiendo arroz y bebiendo extraños brebajes que me permitían subsistir.
El primer día de guerra cundió el pánico.
Desaparecieron todos los médicos y enfermeras en cuestión de días.
Unos huyeron, otros fueron asesinados.
Los pocos que quedamos nos matábamos por la comida que quedaba y procurábamos permanecer escondidos.

El hospital fue tomado y exterminaron a todos los pacientes.

Una compañera de trabajo y yo, al ser descubiertas suturándole una brecha en la cabeza a uno de los médicos malheridos, fuimos secuestradas con el objetivo de usarnos como moneda de cambio si se daba el caso y para atender a los heridos de su bando.

Taparon nuestros ojos y como si fuéramos un saco, nos subieron a lo que supuse  era el lomo de  un borrico.

Viajamos durante cinco días en los que en ningún momento nos dejaron ver nada. Nos cambiaban constantemente de postura para desorientarnos y calmar los dolores posturales que hacían que nos quejásemos sin descanso.

Al llegar a lo que con los días deduje era su campamento, ya que por las noches el olor a comida  llegaba hasta nosotras y podíamos oír sus carcajadas y ronquidos, nos metieron en una cabaña hecha  con ramas y excrementos.

Aunque en años no nos dio el sol, ya que nunca nos sacaron fuera de la choza,  intentábamos no caer en depresión, ni tirar la toalla. A veces, conversábamos como si hubiéramos estado trabajando, otras cantábamos canciones que nos recordaban momentos agradables y otras simplemente nos mirábamos y matábamos las horas.


Como no teníamos acceso al exterior, orinábamos y defecábamos dentro de la cabaña.
Con las manos hicimos, en una esquina de la cabaña, un hoyo en la tierra que pronto se nos quedó pequeño y que para nuestra desgracia, con el tiempo haría sus veces de baño y de despensa.

El primer año, doce reglas contadas, casi no comíamos y no fueron pocas las veces que de forma desesperada, entre sollozos, me acercaba arrastrándome al hoyo y saciaba mi hambre con lo que esa misma mañana había excretado.

La desesperación empezó a volvernos locas.

Compartí con ella la placenta de mi hijo.
Nuestros captores nos violaban  continuamente y yo no tardé en quedarme embarazada.


En aquel parto, al lado de la "despensa", encima del trozo de tierra que durante tanto tiempo había sido mi cama, rodeada de olor a orina y mierda, traje al mundo a un bebé que murió a los dos días de nacer.

Mi esperanza era morir en el parto. Pero no fue así.

Con cada contracción rezaba para que fuera la última y las fuerzas me abandonaran.
Espantaba las moscas de mi vagina dilatada constantemente pero eran demasiadas.

No morí.
Y nació.

Y a los dos días dejó de respirar.

Supongo que mis llantos alertaron a los secuestradores que enseguida se llevaron el cuerpo.
Yo ya había considerado comérmelo y supongo que ellos habían pensado que lo haríamos. Así que se lo llevaron.
Dudo que le dieran sepultura.

Aprovechamos la leche de mis pechos para alimentarnos un poco más. Ella se alimentaba primero y después,succionando todo lo posible  mi calostro, lo pasaba de su boca a la mía.

Puede que llegara a querer a ese bebé.
Lo dudo.
Porque nunca he querido a nadie.
Ni siquiera ahora y aquí, lejos de aquella cabaña.

Pero esa, es otra historia.





martes, 20 de mayo de 2014

Estas zapatillas no tienen cordones

No hay más soledad que una fría mesa de quirófano.
Ni más excusas que todas las que se quieran buscar.

Mirar hacia arriba y mantener una respiración constante fue lo que decidí hacer mientras me llevaban en esa incómoda cama por un laberinto de pasillos, que en aquel momento se me antojo interminable.

¿Qué mano puedo coger?

No hay ninguna excepto esas dos que empujan a la altura de mi cabeza.
Ni si quiera sé cómo es la enfermera.
Escucho su voz mientras saluda a sus compañeras e intercambian alguna que otra frase corta, la cual soy incapaz de entender porque lo oigo todo pero no oigo nada.

Los últimos ojos que había visto eran los de mi madre. Unos ojos llenos de congoja, miedo y disimulo.
Una sonrisa forzada que intenta transmitir ánimo.
Un ánimo que ella no tiene.

Aprieta mi mano pero la cama se mueve, me voy. No la suelto. Todos nuestros dedos se estiran y entrelazan hasta la última posibilidad.

-Te dejo aquí, ahora vendrán a por ti.

Ahora le veo la cara. Es guapa y me sonríe.
Yo le sonrío también. ¿Por qué no?

Menudo momento más oportuno para hacerme pis.

-Hola!
 Escucho muchas voces, ruedas de camas, pero nadie viene.
-Hola! Perdón!

Pronto aparece una nueva enfermera. Más joven, más cercana.
Palabras de ánimo, sonrisas y una cuña. Por su parte, me da todo lo que en ese momento y en el mundo entero, podía necesitar.

Sopesé la posibilidad de salir corriendo.
Intenté distraer mi mente mirando todo el material que había en aquella fría y antigua sala de espera.

Dos enfermeras con paso firme vinieron hacia mi, dijeron en alto mi nombre y volvieron a ponerme en movimiento.
Cambié 3 veces de cama y camilla.
Añoraba la primera cama.
-Mierda, no era tan incómoda, ni tan fría. Era mi cama.

Se abrieron las últimas puertas y entré a quirófano.

4 enfermeras a las cuales sólo veo los ojos. Un cirujano.
Mi corazón se acelera
.
Estoy sola.

Lo más difícil para mi no iba a ser la cirugía.
Lo más difícil sin duda fue llegar ahí.

Durante 12 años, había sufrido unas incomodísimas taquicardias, que fueron haciéndose más fuertes y que llegaron a perjudicarme laboralmente y personalmente.

-Es ansiedad.- decía un médico- toma pastillas.

Otra taquicardia, otro médico.

-Es ansiedad, ya te lo han diagnosticado. Subiremos la dosis de esas pastillas.- Un médico más.

Años de ¿ansiedad?
Años de cambio de medicación, años conviviendo con inconvenientes para cualquier aspecto de mi vida.

Clases, transporte público, trabajo, cine, cenas, viajes... No puedo decir en qué lugares no sufrí una taquicardia.

Recuerdo de jovencita estar sola en el salón de mi casa y sufrir una taquicardia.
Recuerdo tirarme por el suelo, rodar, llorar, ponerme de pie, marearme, agacharme de golpe y de pronto recuperar el ritmo cardíaco normal.
Así, como de la nada, mi corazón dejó de ir a mil por hora, para volver a latir tranquilamente.

De esta manera fue como descubrí que podía quitarme las taquicardias.

Así que mi mundo mejoró un poco.
Sólo tenía que encargarme de estar en sitios en los que poder esconderme y poder agacharme de golpe para quitarme esas malditas taquicardias.

He fingido tantas veces atarme las zapatillas.

Pasaron los años y como las taquicardias no se iban, tampoco lo hacía la medicación, que a su vez se iba incrementando en dosis en cuanto y tanto mi cuerpo se acostumbraba a su ración.

La integral de Sierra Nevada la hice con 20mg de diazepan en el cuerpo.
Hice unos 29 tresmiles en tres días con esta dosis en sangre.

Me convertí en una experta en adaptarme a un ritmo que me costaba llevar y que, sobretodo me daba miedo llevar. Pero era eso o encerrarme en casa y perderme muchas cosas.

Hasta que llegó la escalada.
Hubiera podido ser cualquier otro deporte, cualquier otra afición, pero fue la escalada.

Con la escalada llegó una pasión a mi vida más fuerte que el miedo.
Una motivación, unos objetivos.

Los viajes, con mis pastillas y mis taquicardias. Pero siempre había un lugar donde esconderme o unas zapatillas que atar.

Gracias a lo que me involucré con la escalada, pude ir observando que mis taquicardias respondían siempre a los mismos patrones de movimiento.
Caer sobre la pierna izquierda, movimiento brusco al pillar cuerda saltando al impulsarme con la izquierda.
Esto que ocupa dos líneas fueron unos 4 años de mi vida.

Practiqué otros deportes y siempre se repetían con los mismos movimientos.
Hasta que llegó el día en el que haciendo triple salto, sufrí dos taquicardias seguidas.
Pillé la mochila, dejé a todos allí, llamé a un taxi y me fuí al hospital.

-No es ansiedad- ha sido la frase más repetida frente a médicos, cardiólogos, psicólogos que nadie debe haber repetido jamás.

Esas miradas frías, cansadas, esos malditos y humanos ojos que te miran pensando que eres una hipocondríaca más y estas retrasando la hora del almuerzo.

Todo tipo de pruebas, por lo público, lo privado...cansancio.

Un día me dijeron que me habían detectado un fallo en la válvula mitral.
-Puede que eso sea lo que genera las taquicardias pero no estoy seguro.-dijeron por la SS y por el privado-

No tenía mucho con lo que luchar, pero más valía eso que nada.
Sin saberlo me estaba acercando a una verdad que ni ellos, ni mucho menos yo sabía.

Holter, ecocardiogramas, electros...Hasta hice de conejillo de indias para un aparato nuevo que intentaría detectar alteraciones cardíacas en pacientes seleccionados. Aquello salió en el periódico. Lo que no salío después, es que aquel invento no servía para nada, se despegaba de la piel, perdía los latidos, se apagaba...

Mientras todo esto ocurría jamás dejé de escalar. No sé que tiene la escalada, pero me llevó desde una vida con muchas limitaciones y miedos a otra, que, estando igual, me regalaba risas, fuerza mental y física y sobretodo creer en mi.

Igual que en un lance tienes que creer que te vas a quedar de ese agujero precario y malo, en mi vida aprendí a creer en mi teoría, en lo que mi cuerpo me decía y en que mi lucha tenía sentido.
Si no hubiera escalado es muy probable que jamás hubiera podido averiguar que las taquicardias respondían a un movimiento.

Un día conocí al Dr. Ramón, un psiquiatra, al que fuí a parar mandada por otra médico que me tachó de ansiosa.
Gracias a él, mi lucha cobró sentido.
Fue un nuevo empujón. No sólo fue el primero en proponerme ir a un cardiólogo e insistir , sino que me propuso no volver por allí, puesto que consideraba que estaba bastante cuerda, a no ser que fuera con buenas noticias.

Así pasaron los años, 12 años, con pastillas, con un diagnóstico erróneo, teniendo que esconderme, que atarme las zapatillas mil veces.

Las taquicardias fueron a más y ya no me las podía quitar.

La última, me pilló escalando en Montsant (Tarragona). Habíamos ido a un lugar tranquilo, alejado, abrupto y estábamos escalando en ese duro conglomerado cuando de pronto PUM.
Ahí estaba, una taquicardia.

No pude quitármela. Bajé a Héctor de la pared e intenté de todo. Mi corazón iba a mil por hora y yo estaba de pie asegurando, mirando hacia arriba, quieta, sin movimiento, hablando de la buena pinta que tenía esa vía.

Estuve a punto de desmayarme varias veces, no podía ponerme de pie y estábamos en el culo del mundo.
Por primera vez me preocupé de forma seria.
Empecé a llorar de rabia, pero no podía porque necesitaba respirar. Lo dejamos todo allí. Intentamos salir  poco a poco, porque mis piernas casi no me aguantaban.
Estábamos muy lejos de todo, la preocupación de Héctor era más que evidente.

-Creo que vamos a tener que llamar al helicóptero.

En aquel momento, pensé que se acabó. Aquello no podía ser tan solo una taquicardia.

Pero sí lo fue.
La más horrible de todas.
40' más tarde se pasó. Yo estaba tumbada sobre las hojas del suelo, en mitad del bosque cuando de pronto PUM, mi corazón volvió a su ritmo normal.

Y volvimos a escalar. El estupor de la cara de Héctor era más que evidente, pero ya estaba bien y quería hacer lo que más me gusta en el mundo: escalar.
Además esa noche era Nochevieja y no quería estar en el médico, por mi, por él, por el tiempo que se va muy rápido.

El día más inesperado recibí una llamada de mi cardiólogo. Había estado consultando mi caso con unos colegas y su propuesta era clara. Ni idea de lo que tenía, así que había que entrar adentro.

Un año de espera más tarde, ingresé.

Aquellas enfermeras me trataron muy bien, incluso cuando empezaba a perder el conocimiento, cuando estaba bien, cuando me ponía nerviosa, cuando me dolía, pero sobretodo cuando el cirujano dijo:
-He encontrado el problema. He encontrado el origen de las taquicardias.

Rompí a llorar desconsoladamente porque esa frase es la que llevaba 12 años queriendo oir, porque resultó que tenía razón, porque al oír eso toda la lucha había valido la pena.
Ni siquiera le pregunté si era grave, si era una tontería, no le pregunté mucho porque no podía parar de llorar, incluso cuando mi boca sonreía.

Durante toda la operación estuve consciente.
Cuando llevábamos unas dos horas allí, el cirujano encontró una complicación y se acercó a mi para pedir mi consentimiento para continuar.
Podía bajar mi pulso a 30 p.m y si eso ocurría tendría que ponerme un marca-pasos de por vida.

Estaba sola.
No me he sentido tan sola en la vida. No podía consultarlo con nadie, yo, mi, me, conmigo, mi decisión, mi responsabilidad.

Su recomendación de continuar, puesto que mi calidad de vida iba a cambiar mucho fue lo que me hizo tirar hacia adelante.

La hora y algo que tardó en decir que todo había salido bien, se me hizo eterna.

Pero lo dijo.

Recuerdo volver en aquella cama tan cómoda por el laberinto de pasillos y ver a lo lejos a Héctor, mi marido.

Recuerdo gritar: mi marido!!!
Le levanté el pulgar en señal de ok y lo ví sonreir.

En ese momento las enfermeras empezaron a decir ohhhhhhhhhh, cuánto amor, y cosas así.
Y en ese momento volví al mundo.

Bien luchado.

La escalada llegó a mi vida para bien. Me regaló fuerza, seguridad, fanatismo, amigos y amigas, viajes y a mi increíble marido, Héctor.
Gema, es uno de los regalos más bellos que me ha hecho la vida. Es mi amiga, es mi hermana y siempre la querré de forma desorbitada y aún así se merecerá mucho más.
A mi madre que aguantó como una campeona.
A quien me descubrió la escalada y a Quique Gonzalez.
Al Dr Ramon, que tuvo la misma corazonada que yo.
A mi ateísmo que me mantuvo cuerda durante todo el proceso.

El miedo no sirve para nada, más que para molestar.




       Mi corazón, la escalada y mis ganas de vivir van de la mano.











miércoles, 5 de marzo de 2014

Mientras los dos estemos locos...


La muela del juicio.
Esa malvada bruja es la que me ha sentado aquí, frente al ordenador y me ha hecho intentar recordar mis últimas escaladas; nuestras últimas escaladas.
 Aunque desde el último fin de semana estoy dando pasos hacia atrás, la motivación no me abandona. Un fuerte dolor de cabeza y un bocadillo demasiado grande acabaron conmigo justo cuando encontré un proyecto al lado de casa.

 Si!!! Un proyecto. A veces encuentro una vía que me motiva a repetirla y querer encadenarla, cosa que no ocurre muchas veces -y que me hace sentir ir al revés del mundo-.
En fin, que sólo la probé una vez porque al día siguiente me rompí en la segunda vía de calentamiento.
Rotura fibrilar + muela del juicio= locura, desespero y miedo.

Aunque sólo llevo tres días parada, estoy volviéndome loca. 
La paranoia me persigue.
-Los antibióticos te están quitando la fuerza (si es que tenías).
- El fisio te va a convertir en Hellraiser el Viernes.
-Justo esta semana empezabas entrenamiento y dieta, buahahah vas a engordar y después tendrás que subir ese culazo! A ver cómo lo haces!

PARA!!!!!!!!!

Maldito ego.

No me extraña que cualquier persona ajena a este deporte piense que estamos locos como regaderas. Bendita locura, por cierto.(¿Veis una de cal y otra de arena?)

Una semana parada no me va a quitar de golpe todo lo trabajado, ni lo acumulado todos estos años.
Puede que los antibióticos me quiten un poco de fuerza, pero no la técnica, ah! (estoy intentando convencerme a mi misma de que esto no es para tanto).

Y en cuanto a engordar algún kg esta semana... es un tema que a los escaladores nos lleva locos y que sólo un escalador entenderá. No queremos estar guapos, no va por ahí la cosa.
El culto al cuerpo no tiene mucho sentido, puesto que la corteza se hará vieja. El culto a la salud lo es todo, porque con salud se puede hacer lo que uno se proponga, cualquier cosa. Conseguirlo sólo dependerá del esfuerzo dedicado.

Qué bien se está cuando se está bien (maldita muela del juicio)

En fin que mi objetivo era recordar qué he hecho estos últimos meses.

A esta foto le tengo especial cariño. Me la hizo Cristina en Buñol (Valencia), tierra de parte de la familia y de amigos.
Una vía muy bonita que descubrí bajo un sol asfixiante. 
Pero no hay excusa. Sólo pude probarla dos veces y me temo que por las fechas que son hasta el invierno que viene no podré disfrutarla.



Hubo también un viaje a Chulilla, tierra de familia también. Qué bien repartidos los tengo ;).
Qué cerca está y qué poco voy.
Sector La Pared de Enfrente. Ultra fanático, qué vías más buenas, qué vuelos me pegué y cómo los disfruté.



Y mientras, seguimos echando mucho de menos Siurana y la casita, pero el trabajo es el trabajo.
Ahora ya sólo queda una semana para subir.
Nuestra chimenea, nuestro sofá, nada de tele ni internet, el móvil a ratos y sobretodo hablar y hablar.







Mi vida ha cambiado. Mis prioridades también.
Ya no estoy sola frente a un mundo lleno de gente.
Ahora tengo a mi Llanero solitario, mi marido, con el que formo, para mi, el mejor equipo del mundo. Y juntos hemos encontrado un monton de gente buena de la que nos gusta rodearnos.
Con él, proyecto tantas y tantas cosas.
Cosas que quería hacer, otras que no se me habían ocurrido y ahora me planteo y que pintan mucho mejor si es en compañía y más con un compañero así.

Nuestra pequeña mesa cuadrada, que debió ser de un blanco impoluto en algún momento, se convierte en una improvisada sala de reuniones, donde hablamos de materiales, pies de gato, zonas de escalada, reseñas, viajes, vías, proyectos...durante horas.

He de reconocer que con él soy más valiente. Ahora no tengo miedo de irme al otro lado del mundo a escalar si hace falta.
No es que tuviera miedo antes, es que barajaba la posibilidad de no estar muy cuerda.
Pero mientras los dos estemos locos, da igual aquí que allí. 








Y mientras nuestra historia se construye, sigo perdiéndome entre palabras, frases, borradores, leer y releer y fijarme mucho en la gente.

El oro del sol, la anterior entrada, me la inspiró un chico, al que descubrí mirando a su novia con unos ojos llenos de todo lo que una persona puede pedir.
Me encantó escribir lo que tus ojos decían.
Siempre estoy buscando historias en la gente.
Las personas están llena de cosas maravillosas.







jueves, 27 de febrero de 2014

El oro del sol

A veces me quedo mirándola.
Ni siquiera me doy cuenta.
La veo jugar con las flores, acariciar los árboles, mirar el sol...

Podría quedarme mirándola todo el día.

Me transmite paz.

En ocasiones tengo miedo de no poder tener la oportunidad de observarla. Es como un sueño.
Podría desvanecerse en un momento.
Irradia felicidad, tranquilidad.

-¿Sabes en qué pienso cuando estoy estresado?
-¿En qué?
En el sol reflejando oro en sus cabellos.
El sonido de su risa.
Incluso su esporádica tristeza me resulta tierna.
Parece que no necesite a nadie. Parece que le baste con el sol y la brisa.

No quiero soltar su mano pero me encanta verla correr. Sin necesitarme, sin necesitar nada.

Y cuando vuelve saltando  y se lanza hacia mi con los brazos abiertos, la abrazo fuerte y siento que estamos solos en el mundo.
Respiro hondo, quedándome con su olor, con su corazón acelerado, con su piel.

Y en seguida vuelve a salir corriendo, saltando, sonriendo...siempre sonriendo.





lunes, 3 de febrero de 2014

Rabietas

Ha tenido que ser un virus el que me ha hecho sentarme a escribir algo en este pobre blog que tengo más que abandonado.
Después de un montón de días escalando por Tarragona y por las zonas de casa, el dichoso virus me pegó una paliza de 3 días y al 4º, si se puede decir así, resucité.
Mis sensaciones entrenando fueron buenas. En la roca,  bien distintas.
Fatiga seria en la vía de calentar y en las demás ni lo quiero recordar. Sensación de pesar 100kgs, querer y no poder.
Ahora que viene la época de lluvias, es decir, la época jode vacaciones, he decidido cambiar el entrenamiento (bxhskjabfxjnhlfu....qué?????). Vale, lo que yo puedo llamar entrenamiento.

Mi gran descubrimiento, y  que llevado a la roca me ha dado grandes alegrías, ha sido el yoga-pilates. A parte de dejarme calmada, teniendo en cuenta que mi estado normal es el de una persona con 3 cafés, trabaja a fondo la flexibilidad y  me obliga a estirar, cosa que tengo que hacer más a menudo.
En cuestión de fuerza, sin duda: hombros.

Poder hacer abdominales de una forma distinta a la convencional, ha hecho que pueda trabajar esa zona sin descoyuntarme la espalda.

Y para el cardio... Ay el cardio!!!
Correr, ya corrí demasiado y nunca me veo motivada para retomarlo, así que buscando y buscando, encontré la Zumba, que más o menos es aerobic con movimientos de baile.
La historia es estar bailando siempre.

El yoga me recuerda mucho a las clases de ballet que tanto me gustaban.
Con el pilates trabajo la tensión coporal que tanto requiere el patinaje que practiqué durante años y que tanto me fascina.
Y con la zumba, pues bailo, que no se me da muy bien, a no ser que sea con una pared en vertical de muchos metros.

En fin, que mi entrenamiento es más bien un juego para mi. La única manera de hacer algo constante sin que me entre la rabieta y notar en el rocódromo que Héctor me mira de reojo para comprobar si hago algo o me cuelgo de las presas cual mono selvático.

En resumidas cuentas, si el entrenamiento no es divertido y motivador lo dejarás.
Y si lo dejas, te arrepentirás, como le pasó a una que yo me sé...ejem...

Voy a aprovechar para enrabietarme un poco más.
Quizás yo sea amante de deportes poco mediáticos, no me gusta el fútbol ni el baloncesto, pero creo fervientemente que es una pena grandisima el hecho de que en las noticias, la sección de deportes esté limitada al fútbol, baloncesto y con suerte un poco de natación, cuando tenemos deportistas españoles ganando Campeonatos de Europa y del mundo.

Javier Fernández ha sido por segundo año consecutivo, campeón de Europa de patinaje sobre hielo.

Las horas que  he visto de patinaje sobre hielo no las podría contar.
Mi padre me lo grababa todo. Tenía pilas y pilas de cintas de VHS de todo tipo de campeonatos y a falta de pistas, el comedor de mi casa se convirtió en el lugar donde aprendí a hacer el axel simple y alguna figura más con sus piñazos correspondientes.

Imposible bajar del pódium a rusos o franceses, durante años y años.

He de reconocer que lloré muchísimo cuando ganó Javier Fernandez. No pensé que vería a una español ganar la medalla de oro; bueno realmente no pensé que vería a un español patinar y pasar a semifinales.
Así que la emoción pudo conmigo. Y ahí estaba Héctor intentando consolarme y que no se notase que se estaba partiendo de la risa. Agradezco el esfuerzo, pero noté que te reías desde el primer momento.

Que ya está bien de fútbol, baloncesto y con suerte natación! Que hay mil disciplinas deportivas y puede que todas ellas sean más bonitas y entretenidas que el eufórico fútbol.

Y para aquellos que hayan aguantado semejante rabieta deportiva, dejo el vídeo de Javier Fernández ganando el europeo de 2013.
Este es el vídeo que me hizo llorar, el que no puedo dejar de ver y del que me alegro muchísimo poder compartir.
Y espero, que las Olimpiadas de invierno, las saquen un poquito en las noticias, porque seguro que este chico nos va a dar muchas alegrías.


lunes, 25 de noviembre de 2013

Hoy, a pesar del frío, me sudan las manos.

-Hoy es el día contra la violencia de género.

Sé que últimamente no publico mucho sobre escalada.
Pero me han mandado una carta a modo de confesión que me ha dejado helada y que he prometido compartir manteniendo el anonimato.

Hoy, a pesar del frío, me sudan las manos.

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"Nunca fui tuya.
Ni tuya ni de nadie.
Maldigo la hora en la que naciste.
Maldigo todo lo que me llevó a conocerte y maldigo tu inteligencia, tu manipulación y tu fuerza.
Maldigo cada segundo que aún recuerdo tu nombre, tu cara,  aquellos años a tu lado. 
Por más que pasa el tiempo llevo tu sucia marca tatuada en mis recuerdos.
Daría lo que fuera por poder olvidar que una vez estuve con alguien así.
No quiero tu desgracia, quiero que desaparezcas. 
Que jamás puedas hacerle a nadie lo que me hiciste a mí.
Te odio. 
Y al odiarte te regalo lo más preciado que tengo; mi tiempo.

Recuerdo cómo me convencías de que ningún hombre me había sido fiel y que jamás lo sería, que tenía que aceptarlo. Que eso era la vida real.
Recuerdo cómo me mentías. 
No iré esta noche a dormir que tengo que trabajar.
Y al llegar a casa, ahí estabas, tumbado en el sofá, a oscuras, fumando.
-Vaya! Hoy no te has traído a tu amante.

Intentabas convencerme de que te engañaba. 
Me amenazabas con dejarme porque decías que sabías que te engañaba. Me amenazabas y me volvías a amenazar hasta que lloraba tanto jurándote que no, que los vecinos se quejaban.
Cada noche, tus asquerosas manos me sujetaban y me tapaban la boca para violarme, una y otra vez, una y otra vez, todas las noches, todas las noches...todas...
Las llamadas telefónicas. ¿No estarás en la piscina no? ¿Qué llevas puesto? ¿Hay chicos? Súbete a casa.

El olor a alcohol.
El fumeteo.
Me sorprendió tanto descubrir que estabas enganchado a la cocaína.
Pasaba los fines de semana encerrada en casa mientras te ibas de fiesta, con unas con otras.
Mi mente ha bloqueado las excusas que me decías. Por Dios ¿pero qué coño me dirías?
Recuerdo abrir la puerta un Domingo a las seis de la tarde y que te cayeras al suelo oliendo a alcohol.
Ese nudo en el estómago.
Que te quedaras con todo mi dinero, que me encerraras, que me llevaras a vivir donde no podía tener contacto con nadie. 
Los ojos cerrados, tenía los ojos cerrados.

Nadie lo sabía, nadie. 
Me daba vergüenza reconocer que esa era mi vida. Que era tan débil y dependiente.
Y perdí los mejores años mi juventud así.
Sola, fumando, esperando a que llegaras. 
Esperando a que me empujaras a la cama y me taparas las boca.
A que me amenazaras, a que me quitaras las ganas de vivir, la voluntad, la dignidad.

Hasta que alguien, con una bata de médico, al que no sé muy bien cómo llegué, dijo mi nombre en alto, firme, casi como una orden y le miré.
Sequé mis lágrimas, dejé de llorar y escuché:

-¿Quieres denunciar?.

Fdo: La mujer que te sobrevivió."